lunes, 26 de enero de 2009

Crevel desconfía y lo comprendo. Entre la Maga y yo crece un cañaveral de palabras, apenas nos separan unas horas y unas cuadras y ya mi pena se llama pena, mi amor se llama mi amor... Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos y Jano es de golpe cualquiera de nosotros. Todo esto se lo voy diciendo a Crevel pero es con la Maga que hablo, ahora que estamos tan lejos. Y no le hablo con las palabras que sólo han servido para no entendernos, ahora que ya es tarde empiezo a elegir otras, las de ella, las envueltas en eso que ella comprende y que no tiene nombre, auras y tensiones que crispan el aire entre dos cuerpos y llenan de polvo de oro una habitación o un verso. ¿Pero no hemos vivido así todo el tiempo, lacerándonos dulcemente?
Rayuela

martes, 20 de enero de 2009

Si.

Debí haberte encontrado diez años antes o diez años después. Pero llegaste a tiempo.

Sabines.

jueves, 8 de enero de 2009

La pálida

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o de ser llamado.

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos.

lunes, 5 de enero de 2009

Andábamos sin buscarnos

Yo soy yo. Tú eres tú.
Yo no estoy en este mundo
para llenar tus expectativas.
Y sé que tú no estás en este mundo
para llenar todas las mías.
Porque yo soy yo y tú eres tú.
Y cuando tú y yo nos encontramos es hermoso.
Y, cuando encontrándonos, no nos encontramos, no hay nada que hacer.

Fritz Perls



domingo, 7 de diciembre de 2008

Tenía un disfraz de frase bonita.


Le dije que me gustaba, y quedé insatisfecha.

La verdad era que a veces no me gustaba nada,

pero no podía vivir sin ella.

Le dije que la quería,

pero también quiero a mi perro.

Después le dije que la amaba,

pero mi incomodidad fué mayor aún:

no tenía un cúmulo de buenos sentimientos,

a veces mis sentimientos eran muy malos,

quería secuestrarla, matarla de amor,

reducirla a la esclavitud, dominarla.

A veces, sólo quería su placer.

La complicidad que reclamé,

era imposible: ¿qué complicidad se puede establecer

con alguien cuya sonrisa nos lleva al paraíso

y cuya indiferencia nos conduce al infierno? (William Blake)

Decidí prescindir del lenguaje,

entonces me acusó de no querer comunicarme.

Desde hace unos años sólo existe el silencio.

Encuentro en él una rara ecuanimidad:

la de los placeres solitarios.


Cristina Peri Rossi

jueves, 4 de diciembre de 2008

La locura es un sombrero

No consigo explicarme por qué me siento gato, tal vez porque nunca están seguros cuando los tocas y, de hecho, me interesan bastante los gatos, quizás en la medida en que yo también soy desconfiado; y los beso muy a menudo a todos en cuanto los veo los beso, inicialmente con prudencia y después con pasión, y lo más curioso es que se dejan besar por mí, todos se dejan besar, posiblemente porque creen que soy uno de ellos , no lo sé, es algo en lo que he reflexionado mucho, y la verdad es que me parece extraño que se dejen besar así, sin más;de ahí que esté prácticamente seguro de que soy un gato, un gato triste y solitario, tremendamente solitario, porque la mayor parte de los gatos llevan escrita la soledad en esos ojos crípticos que tienen, que parecen de goma fosforescente, cacimbada.

Fran Alonso. Males de cabeza

domingo, 16 de noviembre de 2008

Luvina

Ahora venía diciendo: Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá deje la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso... Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mi me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado...Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias..."

Juan Rulfo. El llano en llamas