pero a menudo toma décadas
darse cuenta de ello
y más a menudo
cuando esto ocurre
es demasiado tarde
y no hay nada peor
que
un demasiado tarde
Se perdonaron mutuamente. Y cuando no quedaron rencores ella pensó en explicarle lo que significaba el invierno. Quería contárselo pero sabía que él no entendería, es imposible obligar a leer a quien ve pero no quiere mirar. La verdad es que no importaba nada. Que mas daría que no conociese la apatía, que ella siguiese sentada escuchando como el tiempo se detenía mientras los demás hablaban de televisión, de camisetas cortadas y platos sucios como si realmente tuviésemos una vida a la que acudir. Él no tenía la culpa de su indiferencia al respecto de la muerte (Por qué esperarla en un bar, por qué esperarla en una casa, por qué esperarla. Porqué llegaba), de su falta de respeto ante sus reuniones, de su falta de energía para fingir sociedades. Todavía a veces quería explicárselo pero algo los hacía irremediablemente lejos y como el tiempo, ya no importaba. Cómo explicarle que vivir intensamente es malo, horriblemente malo, que si dos personas se ven de verdad no queda realidad que beberse y ni siquiera los recuerdos parecen haber sido vividos. Quizá no le quería o quizá nunca, pero seguían las ganas de morderle y luego la ausencia como algo palpable. Al final sólo le dijo que se merecían más, por eso ahora no tenía nada. Habían sido cura de vacío mutua, justificación exacta. Buscaban en otras partes. Y no importaba, aunque había sido tan bella la primavera.
En alguna parte había muerto un presidente.
Quizá fue una hecatombe de esperanzas
un derrumbe de algún modo previsto,
ah, pero mi tristeza sólo tuvo un sentido,
todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir
y por cierto me vieron.
Hasta aquí había hecho y rehecho
mis trayectos contigo,
hasta aquí había apostado
a inventar la verdad,
pero vos encontraste la manera,
una manera tierna
y a la vez implacable,
de deshauciar mi amor.
Con un sólo pronóstico lo quitaste
de los suburbios de tu vida posible,
lo envolviste en nostalgias,
lo cargaste por cuadras y cuadras,
y despacito
sin que el aire nocturno lo advirtiera,
ahí nomás lo dejaste
a solas con su suerte que no es mucha.
Creo que tenés razón,
la culpa es de uno cuando no enamora
y no de los pretextos
ni del tiempo.
Hace mucho, muchísimo,
que yo no me enfrentaba
como anoche al espejo
y fue implacable como vos
mas no fue tierno.
Ahora estoy solo,
francamente solo,
siempre cuesta un poquito
empezar a sentirse desgraciado.
Antes de regresar
a mis lóbregos cuarteles de invierno,
con los ojos bien secos
por si acaso,
miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte.
Benedetti.
La culpa es de uno.